Si al entrar en el desván puedes llegar a intuir un soplo de aire fresco tras un día caluroso, la caricia que alivia la caida o el sueño tras un día de trabajo...entonces sabré que he conseguido mi objetivo

martes, 23 de julio de 2013

Diario de una Exposición. Día 8


8 de julio
Hoy es el día, me despierto temprano, muy temprano, como a las cinco de la mañana, me tumbo delante de la caja tonta y me pongo una peli del disco duro, la veo echando alguna cabezada.
A las ocho desayuno pan tostado con aceite , tomate y café con leche. A las nueve y media ya estoy en Benasque, saludo a Che y me adentro con el coche por la Avenida de los Tilos. Llamo a Jorge Melero, mi contacto del Ayuntamiento, que me abre el pilón automático que cierra el paso peatonal para poder llegar al Palacio de los Condes de Ribagorza, lugar de la exposición.




El sitio me gusta mucho, es una gran sala en la segunda planta del edificio con más de 200 metros, destaca el viguerío del techo , gruesos largueros que dan calidez y cuerpo. Hay muy buena iluminación y tiene muchas ventanas por las que puedo disfrutar de un magnífico paisaje del pueblo y las montañas. Sobre las doce he terminado de colocar los cuadros, al salir a la calle veo en la puerta un cartel que anuncia la exposición. La temperatura es muy agradable y apetece pasear, huele a hierba y a montaña. Voy a la oficina de Turismo, en la que Jorge me ha indicado que tienen los carteles para distribuirlos, y compruebo que están allí, me indican que tienen que hacerlo.
Llevo uno a la tienda de Che, El Paso de Baber, y lo coloca en el
escaparate. Compro media docena de huevos, menestra de verduras y ensalada campera.
En casa como y me tumbo un rato. A las cuatro y media me bajo a Benasque, llueve un poco, pero hace una tarde muy agradable, poca gente a esta hora por la calle. Tengo el Palacio para mi solo, ya que hasta el día 19 no comienza otra exposición en la planta de calle. Se ve que es más importante que la mía, es de fotografía y ya está montada, aunque no se puede visitar, de la mía no tenía constancia ni el Tato (ja,ja,ja).
A las cinco estoy en mi puesto, abro las ventanas y entra el olor de la hierba húmeda y una mosca enorme que me saluda con su zumbido, pero se va pronto, no se sí es que ha visto muy rápido la exposición o es que no le ha gustado. La gente entra con
cuentagotas, la mayoría me comenta que les encantan mis cuadros y acarician con la vista el catálogo de precios. Agradezco especialmente la visita de Joanjo, con el que paso un rato muy agradable charlando.
A las ocho y media cierro y para arriba (Cerler). Ducha, tortilla francesa con pavo, ensalada campera y cervecita. Me acompaña una buena tormenta y observo por la ventana caer la lluvia mientras las cumbres de las Tucas se iluminan con los fogonazos de los relámpagos ¡¡ Qué espectáculo para terminar el día !!.

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